Junio 1 del 2022 - Monterrey, NL
Yo, al igual que mis primos, somos parte de la primera generación que nació en Monterrey, somos los primeros regios. Mis padres llegaron de inmigrantes a esa ciudad en los años 50s, mi madre llegó de San Luis Potosí y mi padre del estado de Coahuila, ambos se instalarón en el barrio San Luisito, hoy conocido como la colonia Independencia. El barrio era, y aún es, un barrio del pueblo bueno, que en sus inicios fue formado por los jornaleros que llegaron de San Luis Potosí a trabajar en las obras de la ciudad y casas de los industriales de la región, de ahí el nombre de San Luisito, como el corrido de Monterrey... “Soy orgullo de ser del Norte, del mero San Luisito porque de ahí es Monterrey, de los barrios el más querido…”
El barrio San Luisito se conecta con la ciudad de Monterrey a través del puente San Luisito, hoy conocido como el puente del Papa, por la visita de Juan Pablo II en 1979. El puente fue construido por los industriales regios para que los jornaleros de marmol y cantera pudieran cruzar, tal era el caso de mi abuelo y sus primos que trabajan el mármol y la cantera.
Al principio, cuando mis abuelos emigraron a Monterrey buscando una mejor calidad de vida, llegaron a la colonia Independencia, que en sus inicios eso parecía un mero sueño, no tenían agua en casa, había que ir a una llave comunal y cargarla hasta la casa de lamina, drenaje, electricidad, gas, pavimento, todas esas comodidades que hoy tomamos por hecho. Sin embargo, lo que sí tenían eran oportunidades, de educación y laborales, lo que no tenían en sus lugares de origen, y mis padres tomaron ambas oportunidades.
Todo esto lo cuento por algo que pasó en mi último viaje a Monterrey con mi sobrino, esa 2da generación que se sienten “especiales o chilangos lite.” Llegamos al Airbnb donde nos íbamos a hospedar, un edificio en el centro de Monterrey, con conserje a la puerta luciendo un traje a pesar de esos infernales 40C. Al tomarme los datos el conserje titubeaba para todo, no sabía escribir, no entendía lo que le preguntaba o decía, hasta me sentí muy gringo o que tal vez ya había perdido mi hermoso acento regio. Al terminar, y cuando ya pasamos, me dice mi sobrino “no se como tienen esa gente aquí, no saben ni hablar.” Entonces fue cuando entendí que no era yo el problema, que continuaba dominando mi lengua natal, pero también entendí que ellos son mis abuelos que llegaron en los años 50s, son los nuevos inmigrantes, son los nuevos inquilinos del barrio San Luisito, mi sobrino y sus hijos ya van a vivir mejor, claro hay que luchar para ello, la 3era generación subirá un escaloncito más en la sociedad (o al menos ese es el plan). Pero también me di cuenta que la estabilidad económica y social toma generaciones, a mí familia le ha tomado más de 70 años.
Cuando mis padres se casaron, salieron del barrio San Luisito, yo crecí en un barrio donde había agua potable en las casas, drenaje, electricidad, gas, pavimento y no había muertos por pedradas o arma blanca. La mayoría de mi familia continuó viviendo en el barrio San Luisito y nosotros continuamos visitándolos hasta que uno a uno se fue saliendo buscando un mejor futuro para sus hijos. Y así, mis primos y yo crecimos con otra idea, la mayoría estudiamos, somos profesionistas y rara vez, o nunca regresamos, al barrio. Hoy, la generación de nuestros hijos, ni se imaginan que es vivir sin electricidad o drenaje, nunca han visitado una letrina y el no tener teléfono es algo como de otro planeta, nunca han visitado, ni visitaran el barrio San Luisito. Ellos ya son la 2da generación de Regios, son una generación que ya son “especiales,” gente de la ciudad, ya ni el transporte público quieren usar por que eso solo lo usan los inmigrantes (suponiendo que mis hijos vivieran en ese infierno de 40C).
Todo esto lo cuento por algo que pasó en mi último viaje a Monterrey con mi sobrino, esa 2da generación que se sienten “especiales o chilangos lite.” Llegamos al Airbnb donde nos íbamos a hospedar, un edificio en el centro de Monterrey, con conserje a la puerta luciendo un traje a pesar de esos infernales 40C. Al tomarme los datos el conserje titubeaba para todo, no sabía escribir, no entendía lo que le preguntaba o decía, hasta me sentí muy gringo o que tal vez ya había perdido mi hermoso acento regio. Al terminar, y cuando ya pasamos, me dice mi sobrino “no se como tienen esa gente aquí, no saben ni hablar.” Entonces fue cuando entendí que no era yo el problema, que continuaba dominando mi lengua natal, pero también entendí que ellos son mis abuelos que llegaron en los años 50s, son los nuevos inmigrantes, son los nuevos inquilinos del barrio San Luisito, mi sobrino y sus hijos ya van a vivir mejor, claro hay que luchar para ello, la 3era generación subirá un escaloncito más en la sociedad (o al menos ese es el plan). Pero también me di cuenta que la estabilidad económica y social toma generaciones, a mí familia le ha tomado más de 70 años.